NoticiasEscena · 13 de agosto de 2026

Dillom desata 'La Nueva Violencia': 'Soy parte del sistema y también una víctima que cae en él'

El rapero argentino reflexiona sobre su fama y las contradicciones del éxito en su tercer disco, una mirada introspectiva al sistema cultural.

Vía Billboard Español · Sigal Ratner-Arias

Dillom desata 'La Nueva Violencia': 'Soy parte del sistema y también una víctima que cae en él'

Dillom lanza «La Nueva Violencia», un disco que explora su compleja relación con el sistema y la fama. El rapero argentino, de 25 años, se cuestiona a sí mismo y a la sociedad, reflejando su evolución desde «Post Mortem». Con 13 canciones y un audio paterno, el álbum es una crítica autofágica a los males contemporáneos, sin eximirse de responsabilidad. Es una obra introspectiva que aborda la dualidad de ser parte y víctima del sistema.

Analizando en secuencia, estos versos nos presentan una particular versión porteña de la tragedia del <em>self-made man</em>, una suerte de <em>Gran Gatsby</em> contemporáneo: el ascenso meteórico que culmina en una prisión, forjada por la propia identidad construida para sobrevivir. Si «Post Mortem» (2021) fue la coronación de un joven de 20 años que, junto a su sello discográfico Bohemian Groove, se fabricó a sí mismo como una estrella de rock transgresora, hoy ese personaje ya no persigue víctimas; se consume a sí mismo.

«La Nueva Violencia», lanzado el miércoles 12 de agosto bajo su propio sello independiente Bohemian Groove, es un álbum autofágico. A través de 13 canciones y un conmovedor audio paterno, Dillom se cuestiona a sí mismo y a los males contemporáneos, sin lograr nunca probar su inocencia. Es un espejo implacable de la sociedad y de su propio lugar en ella, un trabajo que madura su discurso y profundiza en su introspección.

«Estoy con ganas de decirle al mundo entero que se chupe una verg—… Pero no lo voy a decir». Así inauguró Dylan León Masa, su nombre real, esta entrevista para la portada de Billboard Argentina. Tres días después de la final del Mundial, el ecosistema digital seguía bullendo con una fila interminable de usuarios ávidos de indignarse con Argentina, en una manifestación de ira nerviosa. Las redes sociales, una vez más, reactivan su función punitiva, evidenciando la facilidad para señalar la falta ajena y la reticencia al autoexamen. «Le pegué un poco con el timing del disco», comenta Dillom, mientras el presente amplifica el sentido de su título, revelando una sincronía casi premonitoria.

El expediente lo señala a él, aunque la responsabilidad sea, en realidad, compartida. El sistema lo juzga, lo consume y luego le exige una nueva entrega, un nuevo ciclo. Hace tiempo que «ya no es parte de la gente común», como canta en «Gente común», y el lleno total del Estadio José Amalfitani (Vélez) el pasado 20 de diciembre confirmó esa distancia. El espectáculo que ofrece promete ser más cautivador que la propia realidad que lo inspira. Entre un <em>teaser</em> infalible y otro pico de conversación viral, la pobreza, las guerras y la miseria cotidiana persisten, recordándonos que la realidad aún guarda zonas imposibles de manipular o convertir en campaña mediática. Dillom experimenta deseos que su conciencia le reprocha, pero al final, actúa y baila al compás de la misma obra. «Soy parte del sistema y también una víctima que cae en él», reconoce, mientras una sonrisa le desordena el tatuaje de un zumo en el pómulo izquierdo. «Es imposible no hacerlo porque se disfruta», admite con sinceridad.

Cuando reflexiona sobre sus principales antagonistas, su propio nombre emerge en los primeros puestos. La fractura se produce cuando Dylan, Dillom y las subjetividades intermedias pierden la distancia que les permitía interpretar la realidad como un fenómeno externo. Su intensa trayectoria por el ritmo bonaerense —desde su natal Colegiales hasta la Villa 31, donde dio sus primeros pasos como productor— le proporcionó una percepción temprana de la heterogeneidad social. Esta vivencia se entrelazó con una historia familiar que el artista ha compartido públicamente en varias entrevistas, y que constituye una fuente recurrente de su lírica, como se aprecia en «OPA», su primer gran éxito. La fama, por su parte, ha acentuado todas sus paradojas. «Soy una persona que está muy en paz con sus contradicciones, entonces puedo expresarlas. De hecho, me llaman mucho la atención como forma de inspiración», sostiene hoy, a sus 25 años.

De este malestar nace «La Nueva Violencia». «Empecé a sentir un vértigo con la actualidad. Decía: ‘Che, está todo muy mal, no puede ser’». La exposición constante a videos de guerras, drones, propaganda y «una cantidad de información chota» comenzó a sentirse como un asedio implacable. «Con la tecnología cambiaron los mecanismos de persuasión. Me empezó a parecer horrible y súper interesante al mismo tiempo», explica el artista. Sin embargo, su crítica no parte de una posición de superioridad moral, ni de la idea de que él sea mejor que aquello que cuestiona. «No me gusta la hipocresía ni esa altura moral desde la cual se atacan estas temáticas», sentencia, dejando claro que su intención es la reflexión y el análisis, no el juicio.

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